miércoles 3 de febrero de 2010

Borrachos

Vasiliy bebe.
Nadie le dice nada, ni siquiera Ion, quizás porque todos saben que acabaría ocurriendo, quizás porque a aquellas alturas a nadie le queda nada que decir. También puede ser que el resto de compañeros (compañeros es, sin duda, la manera más exacta de definirlos) esté ya borracho.
Así es que Vasiliy bebe por primera vez en los siete meses que lleva en Madrid. En una esquina, entre un Banco Popular y un supermercado, en silencio. Aparece de entre el tráfico de gente y las luces de los semáforos, andando con la contundencia de un paso militar. Lleva las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y nadie, tampoco Ion, se da cuenta de la tensión que estira la tela entre los puños. Nadie repara en sus ojos brillantes. Murmura un saludo que ninguno de sus compañeros escucha y va directamente a por el brik de vino blanco que está enterrado entre cartones. Bebe durante unos segundos que retumban en sus sienes, pum, pum, pum, como si le obligaran a llevar una cuenta que él parece querer ignorar, y después se queda mirando muy fijamente a los transeúntes. En silencio.

Vasiliy llegó a España en un autobús renqueante, cargando con una mochila y un gastado estuche de violín. En la chaqueta se cosió un bolsillo secreto en el que guardó la mayor parte de sus ahorros. Dejó fuera lo necesario para sobornos y para poder comer durante el viaje. En el otro bolsillo llevaba un número de teléfono y una dirección. Nadie cogió nunca el teléfono y la dirección no aparecía en el callejero de Madrid.
Recorrió las calles bajo un cielo amenazante. Caminaba sin rumbo, hipnotizado por las voces extranjeras, por el ruido de las bocinas y el color de los autobuses. Esquivaba viandantes como gigantes y las sombras enormes de los edificios parecían querer engullirle. El bochorno desdibujaba la ciudad haciéndola aún más extraña.
Al final encontró una pensión barata, llena de gatos y de parejas que disfrutaban de una noche de intimidad fugaz. Pasaba los días buscando escuelas de música pero en aquellas fechas todas estaban cerradas. Seguramente no importaba demasiado porque no tenía un currículo que dar. De madrugada le despertaban el ruido de las tuberías y el calor de Madrid. Cuando se quedó sin dinero no regateó ni pidió una prórroga: pagó la última noche y a la mañana siguiente se duchó y se fue.
Desde entonces, durmió en parques y plazas, el estuche del violín bajo las piernas y la mochila como almohada. Empezó a tocar en El Retiro o en la plaza Mayor. Buscaba un rincón y colocaba el estuche abierto, desnudo y anhelante, frente a él. Cerraba los ojos y el roce del arco con las cuerdas le devolvía a la vieja aula del conservatorio. Mientras las notas escapaban como si tuvieran vida propia, Vasiliy dibujaba a su alrededor unos muros algo amarillentos, unos rostros concentrados, el movimiento armónico de los brazos y el ceño fruncido de una profesora. Todo, muros, rostros, brazos y aquel ceño, eran pasado pero también presente porque la nostalgia le mordía el pecho con dientes pequeños y su cuerpo se estremecía cuando la música dejaba de sonar, como si volviera bruscamente de un viaje muy largo.

Su nombre resuena como un puñetazo. Alguien le pide a gritos el brik de vino. Él lo ignora. Da un par de sorbos, casi sin querer, y luego se deja arrullar por el vacío.

Murió lentamente el otoño y llegó el invierno, y Vasiliy cambió la oscuridad impasible de la ciudad por la luz indiferente del metro. Al principio tocaba de vagón en vagón, un ojo en el violín, el otro en los andenes por si aparecían los vigilantes de seguridad. Un día descubrió en Nuevos Ministerios un rincón tranquilo por donde pasaban decenas de impacientes viajeros. Tocó una pieza de Bach, sonriendo, los ojos muy cerrados, el cuerpo muy tenso, pero cuando acabó se encontró frente a él a un hombre pequeño y muy rubio. Llevaba un estuche de trompeta reluciente en la mano. El hombre le dio un empujón y le explicó algo apresuradamente. Vasiliy entendió sin entender que incluso los pasillos de metro tienen dueño. Se alejó de allí, el estuche del violín colgando derrotado de la mano. A los pocos pasos, sin embargo, el hombre le llamó. Sonreía y levantaba las manos en señal de paz. Indicó a Vasiliy que le siguiera. Él se dejó llevar hasta otro rincón menos tranquilo, pero un rincón que era suyo.
Con el paso de los días se adueñó de otras esquinas en otras estaciones. Sus ojos se fueron impregnando del neón de los pasillos. Seguía imaginando que tocaba en la sala del conservatorio, pero los contornos eran cada vez más difusos, los rostros menos reconocibles y en los momentos en los que se le escapaban los recuerdos la música sonaba más violenta, más urgente.
En Manuel Becerra conoció a Esteban, un argentino que tocaba la guitarra y cantaba en el pasillo de la línea 6. Alguna vez tomaban mate en casa de Esteban, en el pequeño salón que por las noches se transformaba en habitación para él, su mujer y sus tres hijos. A Vasiliy no le gustaba el mate pero le gustaban el calor de la estancia y el alboroto de los niños. Sin embargo, dos meses después Esteban volvió a Argentina, a su trabajo de mecánico en la empresa familiar. En Moncloa se hizo amigo de un vigilante de seguridad que le avisaba cuando acababa su turno y llegaba su compañero, mucho menos tolerante. No conseguía aprenderse su nombre. Guancarl, repetía entre dientes, y Juan Carlos se reía y le enseñaba la placa donde estaba escrito su nombre. Ju-an-car-los, dictaba con un tronido, señalando cada sílaba con el grueso dedo. Luego volvía a reír, daba una palmada en el brazo a Vasiliy y se alejaba a grandes pasos.

Bebe del brik y un poco del líquido se le escapa por las comisuras. Se seca con la manga de la chaqueta con un gesto mecánico, definitivo. El envase de vino se pliega entre sus dedos. Un suspiro escapa a la noche.

Las primeras noches frías las pasó acurrucado en una sucursal del BBVA. Poco después alguien le llevó hasta un albergue. Supo en cuanto entró que no se quedaría mucho tiempo allí. No eran los ruidos, ni el olor, tampoco la suciedad. Era verse en cada arruga, en cada mirada febril, en cada aliento a vino barato. No podía soportar ese reflejo de un futuro que se le echaba encima.
Dio sus datos, firmó un papel que no supo descifrar y una chica joven de rostro serio le llevó hasta una litera. Durante unos instantes se quedó mirando el colchón, la manta gris, la estructura de madera y el bulto que ocupaba la parte de arriba y que se movía en sueños. Crac. Crac. Crac. Crujía la cama y parecía que crujía todo el dormitorio. Mientras se desnudaba, alguien le tocó la espalda. Era el hombre rubio y pequeño del metro. Sonreía y le señalaba una litera vacía unos metros más allá. En calzoncillos, y por segunda vez, se dejó guiar por aquel hombre. Por el camino, se presentó: Ion. Ion, repitió Vasiliy. Ion, confirmó el otro, y siguió sonriendo. Ion se subió a su cama y Vasiliy se puso un pijama que ya había perdido la esperanza de usar. Se metió bajo la manta, se abrazó al violín y se durmió olvidando alientos, arrugas y crujidos.

La calle vacía. Una farola. Su luz como la mirada de un inquisidor. En la oscuridad, a sus espaldas, voces. El tacto sólido y redentor de un brik.

Vasiliy empezó a pasar mucho tiempo con Ion. Éste le presentó a sus compañeros rumanos: Cosmin, Gheorghe, Bogdan y el resto. Ion ya no tocaba la trompeta: se la habían robado una noche volviendo al albergue. Había intentando encontrar trabajo en la construcción, sin suerte, y ahora pedía dinero y aparcaba coches con los demás en una esquina entre un supermercado y un banco Popular. Ion le contaba todo esto y sonreía. Vasiliy comprendió que Ion siempre sonreía. Eso le gustaba. Dos días después dejaron el albergue.
Vasiliy siguió con su rutina de rincones de metro que rompía de vez en cuando para comer con los rumanos. Les acompañaba mientras pedían en la puerta del súper pero nunca participó con ellos. Tampoco aparcó nunca ningún coche. Se comía su bocadillo sin decir una palabra y escuchaba a Ion entre maniobra y maniobra, y luego volvía al metro y a su violín.
Ion hablaba mucho pero nunca de lo que le había empujado a dormir en aquel frío metro cuadrado de cartones. Ni siquiera cuando se emborrachaba con los demás, cuando el pasado se asomaba en miradas perdidas y carcajadas que eran compañeras de piso de la desesperación. Esas noches, Ion era una sombra silenciosa. Se sentaba en el suelo, apoyado contra la pared y cerraba los ojos, como si se empeñara en desaparecer. Vasiliy se sentaba junto a él, también callado, y negaba con la cabeza cuando le pasaban el brik. Straniu, le llamaban entonces, en un susurro mezclado con risas y toses.
Una vez Ion le preguntó que por qué no bebía nunca. Vasiliy miró fijamente a las arrugas que enmarcaban la sonrisa perenne, como muescas en la piel por cada vez que sonreía; afrontó sus ojos, dos firmes islas en un caos de pelo despeinado, barba de pocos días y harapos; y no supo qué decir. Sí lo sabía, pero no quiso. A veces, es la única manera, dijo entonces Ion muy pausadamente, y luego volvió a su silencio.

Straniu.
Vasiliy.
Straniu.
¡Straniu!

El niño le miraba con ojos enormes, ojos limpios, ojos recién estrenados, y la boca muy abierta. Se balanceaba con el sonido del violín mientras su madre sonreía a pocos metros. Vasiliy también sonreía y miraba a su vez al niño sin dejar de tocar. Otros paseantes se detenían también a observar, sorprendidos con la escena, pero el niño no se daba cuenta: torpemente seguía con su cuerpecito el ritmo de la música y sus ojos se quedaban fijos en el movimiento del arco.
Aquel niño era el oyente más atento que había tenido en mucho tiempo y no estaba dispuesto a desaprovecharlo. Se concentró en las notas, en la melodía, corrigió su postura como aprendió en el conservatorio: cuidadosamente, sin que lo note el público ni afecte a la música; recolocó con atención los dedos en el arco, sin tirantez pero firmes, y por un instante se imaginó vestido con una camisa nueva y limpia, y frente a él a una platea repleta. Se imaginó al público en tensión durante el crescendo, el silencio, las miradas fijas en la oscuridad y los focos clavados en él. Se imaginó la expectación mientras la intensidad de la música decaía, las sonrisas y los aplausos, el público levantado exigiendo un bis.
La música se apagó y Vasiliy hizo una reverencia. No hubo aplausos ni silbidos, no hubo "bravos". Frente a él sólo había un niño que no le llegaba a las rodillas y sus ojos como un puñetazo en el pecho. La madre lo cogió en brazos. Tocas muy bien, y Vasiliy sonríó y agradeció el cumplido, pero lo que él quería era llorar, romper el violín en mil pedazos contra el suelo. Pero sonrió y volvió a dar las gracias cuando un puñado de monedas repicó en el interior de la funda de violín. Luego la madre y el niño se alejaron y desaparecieron entre el resto de personas que caminaba con prisa por Preciados.
De repente, Vasiliy vio a Ion apoyado en un escaparate de zapatos. El rumano le saludaba con un gesto y sonreía. Ha sido tu mejor concierto. Vasiliy no sabía cuánto tiempo llevaba allí, no lo había visto llegar, pero sintió que las piernas ya no le aguantaban más. ¿Vamos a comer? Ion sonreía. Vasiliy dudaba y se tocaba el pecho, como si acariciara una cicatriz aún reciente. Vamos, venga, Bogdan no está. ¿No está? No, no está. Y, además, hemos robado postres de chocolate. Ion sonreía. Vasiliy suspiró, un suspiro largo y sonoro, llegado de muy lejos. Luego recogió las pocas monedas del estuche, guardó el violín y siguió a Ion por las calles de Madrid.

¡Straniu!
Oye la voz de Bogdan. Oye sus carcajadas.
Las ahoga de un trago.
Straniu, el vino.
Llega de muy lejos, de más allá del rumor del oleaje y del silbido del viento de un domingo de cielo azul desgastado, un domingo de Prokofiev en el Retiro y luego de Mozart en la calle del Carmen. Y un bocata de tortilla que se hace esperar, y una sombra veloz y un violín que desaparece, y una carrera rápida, inútil y luego nada, no hay nada desde Callao hasta esa esquina entre un banco Popular y un supermercado. Un domingo que se clava en su cabeza y duele, aunque ahora el dolor llegue amortiguado por el vino, duele porque sus raíces beben de otras más profundas y tortuosas, como la carretera por la que no hace muchos meses transitó un autobús renqueante.
¡Straniu!
Una mano se aferra a su brazo y alguien intenta quitarle el brik. Vasiliy se gira y entonces todo se acelera y se vuelve nítido a la vez: sus brazos empujando a Bogdan contra la pared, el débil golpe del brik al caer al suelo, sus brazos que se disparan hacia delante, la mirada de sorpresa del rumano, sus nudillos que no son sus nudillos, el ruido seco del hueso contra el hueso, el olor acre a sudor y alcohol, el brillo súbito de la sangre, el sabor salado e inesperado de las lágrimas. Y la sensación de que algo se desprende con cada golpe, como una muda de piel vieja y áspera que se rompe y le libera. Es una sensación que le gusta, una sensación que creía perdida en una sala de conservatorio de muros amarillentos.
Alguien le agarra y tira de él. Vasiliy se debate con furia pero el abrazo es implacable. Le separan de Bogdan, que cae al suelo como un ovillo sucio y estremecido.
Vasiliy.
Vasiliy.
Es la voz de Ion, son sus brazos. El pequeño Ion.
Vasiliy.
Y entonces la presa afloja y Vasiliy se ve libre, y de repente se siente muy cansado. Le duelen los nudillos, le tiemblan las rodillas. A su alrededor, gritos en un idioma que no entiende pero no le hace falta: entiende el silencio de Ion, entiende su mirada y entiende que hoy ha perdido mucho más que un violín. Sostiene sus ojos azules y por un instante busca un gesto cómplice, un signo que lo borre todo del mapa del tiempo. Pero Ion ya no sonríe.

miércoles 2 de diciembre de 2009

-

Llevo los calcetines desparejados.
He perdido una nota mientras silbaba.
Ahí está, danza y sonríe, me mira.
La luz de una lámpara estalla
y en mi cuarto
tropiezo con las sombras.
No hay llave que abra esta puerta
ni camino.
Coso los bolsillos pero aún hace frío
en la punta de los dedos.
Pierdo el rastro de migajas
y no llego al FIN. Sólo quedan
una pantalla en negro
un murmullo
y un crujido de palomitas.

miércoles 4 de noviembre de 2009

Bruselas

Un piano toca solo
en la Gare du Midi.

Con sus canciones despierta

a los fantasmas

que viven en la maleta

entre la pasta de dientes

y la ropa interior.


El metro huele a otro lugar

lejos, mucho más allá

de Schengen y sus columpios de Ikea.
A azafrán, a mandioca
(también a gofres, bien sûr)

y a esa extraña materia

en la que se descomponen los sueños.
Huele a otros sitios
en los que no hay metro
ni por supuesto Ikea.


En las calles grises,

como un reflejo agrietado

del cielo gris,

ya no suena Jacques Brel.

Sólo quedan locos

que no temen la lluvia

y estudiantes que se empapan

con la sonrisa

de quien se cree inmune.


Por la noche, night shops y camellos
venden promesas a precios desorbitados.
No importa: la música ya suena
en alguna escuela abandonada

(ni siquiera esa nana desquiciada

saca a la ciudad de su letargo).


Hay parques como estallidos,

vendedores de patatas fritas

(¡sauce mayonnaise, s’il vous plaît!),

mujeres que anudan el otoño

con sus bufandas,

turistas que desde las terrazas
se asoman a la ciudad
como si fuera ella la extraña.


Torre de Babel tambaleante
y orgullosa estación de paso,
si alguien escribiera su historia

sería la del héroe que avanza

a pesar de las heridas.



jueves 29 de octubre de 2009

Hay días así.

Llueve sobre las palmas de las manos
el té hace siglos que se ha enfriado
y las sábanas se retuercen en el suelo:
no encuentran el camino de vuelta a casa.

Las tardes son distancias insalvables
flotan, zumban, chocan contra los cristales
hay rumores que trepan las paredes
y la aguja del tocadiscos no quiere bailar.

Es triste la luz que moja las aceras
cuando las sombras se pisan entre ellas
cuando los pájaros se confunden con la noche
y el ruido de las ciudades es sólo eso: ruido.


miércoles 21 de octubre de 2009

Un buen día. (Cover).

IV.

Mi cuarto es un lugar frío e inhóspito como un invierno. La cama es un desierto. No me apetece transitar sus dunas apenas iluminadas por la leve luz que llega desde el salón. Esta noche, no. Oigo mi respiración como si llegara grabada desde un viejo casete, lenta y lejana. Los brazos, las piernas parecen de otro cuerpo, un cuerpo parado frente a una habitación que no reconoce y se pregunta qué hace allí y busca algo que le devuelva la familiaridad a todo.
Sobre la mesa hay decenas de discos desordenados, algunos fuera de sus cajas y me devuelven un brillo pálido, casi muerto. Sé que hay otras cosas y agradezco que se queden acurrucadas en la oscuridad: papeles arrugados que contienen letras de canciones a medio escribir, revistas viejas que nunca he acabado de leer, fotos que aún no me he atrevido a tirar.
En el suelo, la ropa desperdigada es una sombra perfecta de mi vida. Al fondo, cuatro ceros titilan en la pantalla del despertador.
Miro el reloj de mi pulsera: las siete menos diez. Como si la inercia de las agujas fuera contagiosa, vuelvo a controlar mi cuerpo. Salgo de mi cuarto, dejo el casco sobre una silla del salón y voy hasta la cocina. Tengo sed. Abro la nevera y su luz invade la estancia como un relámpago. No queda zumo. Cojo un vaso del armario y abro el grifo. Dejo que el agua corra hasta que está muy fría. Me bebo un vaso, dos, pero sigo teniendo sed. Sin embargo, no estoy borracho. Al revés: estoy sobrio, lúcido y muy cansado. A las siete de la mañana eso es una putada. Esta noche tampoco voy a dormir.

En la televisión no hay nada, ni siquiera porno. En un telediario, una chica con cara de tener ganas de estar en otro lugar da los titulares. ETA. Crisis en el gobierno griego. La OTAN amenaza con bombardear Serbia. El gol de Mendieta. La voz metálica de la presentadora se diluye en mi cabeza y casi sin haberme dado cuenta tengo la mirada fija en la bolsa de basura que hay junto a la puerta. Como si en la habitación no hubiera nada más que esa oscura figura llena de recuerdos. Mi cerebro empieza a pasar lista: tres discos de jazz que por más que lo intenté no me gustaron; dos novelas que nunca leí; un par de bragas y una camiseta con mucho escote, como todas las de Clara; una camiseta mía que huele demasiado a ella como para que siga siendo mía; un póster de que ha dejado un vacío blanco en la pared; un cepillo de dientes, un secador de pelo y una caja de Tampax; un mechero, un puto mechero.
A veces parece tan fácil deshacerse de las cosas. Incluso de los recuerdos que por las noches no me dejan dormir. Basta con una bolsa de plástico y un buen nudo. Los basureros hacen después todo el trabajo sucio. Sin embargo, las cosas de Clara llevan ahí tanto tiempo que he perdido la cuenta y mis recuerdos no se dejan cazar, los muy cabrones. Los días en los que me siento más valiente fantaseo con prenderle fuego yo mismo a la bolsa, allí, en medio del salón. Que el fuego llegue hasta mi habitación y así quizás también ardan las sonrisas de las fotos y la silueta que aún respira entre mis sábanas. Pero el impulso dura poco: el tiempo de ver cómo todo ocurre en mi cabeza. Luego siento una especie de orgullo absurdo y reconfortante, y la bolsa sigue donde está, apoyada en el quicio de la puerta.
Puedo sentir cómo la casa entera se hunde bajo su peso.
Es curioso: antes la echaba de menos. Sobre todo a estas h
oras, en las que ni el alcohol ni la tele conseguían, consiguen apagar el silencio que sale de las paredes de mi casa y se mete en mi cabeza. Me faltaba todo: el peso de su cuerpo al otro lado del sofá, el ruido de la ducha mientras yo aún me desperezo en la cama, el olor a tabaco en mi cuarto de madrugada, su mala hostia después de la siesta y la manera en que se quedaba dormida después de hacer el amor. Pero ahora lo que más echo de menos es mi vida, la que se fue a la mierda cuando Clara se largó, la que pasa ante mis ojos tras el cristal o en este mismo momento más allá del contorno de sofá. Quiero ser capaz de dormir otra vez y llevarme a casa a una Marta cualquiera sin pensar que no es la piel de Clara. Estoy harto del escalofrío que me recorre la espalda cada vez que alguno de mis colegas me da una palmadita de compasión. Harto de tener que explicar a las personas que veo poco que ya no estamos juntos, como si yo no fuera yo del todo sin ella.
El telediario se acaba, la chica se despide con una sonrisa que parece de alivio y comienzan los anuncios de la teletienda. Más de lo que puedo soportar a estas horas. Apago la televisión y el salón parece completamente vacío. Da la impresión de que va a pasar algo. Durante unos minutos espero con la cabeza sobre el respaldo, escuchando atentamente, casi impaciente, pero no ocurre nada. La habitación sigue tranquila y yo giro la cabeza decepcionado para mirar a través del ventanal. La persiana está subida y el exterior parece más oscuro en contraste con el salón. Me levanto del sofá y me asomó a la pequeña terraza. Hace algo de frío y no se ve mucho desde mi casa: sólo las sombras de los edificios y el cielo teñido por la luz que destila la ciudad. En la calle no hay un alma, las farolas iluminan las aceras vacías. Es una imagen triste. Sólo Juan parece trabajar en su bar porque una luz azulada se proyecta sobre el suelo desde el interior. De repente, me apetece un café.
Sin pensarlo demasiado, cojo las llaves de casa. Antes de salir veo otra vez la bolsa de basura. Como siempre, me prometo que luego la bajo al contenedor. Como siempre, sé que intento engañarme a mi mismo. Mis pasos resuenan en la escalera y el portal se cierra con estrépito en mitad de una noche que se resiste a morir. La verja del bar está a medio bajar. Me agacho y miro el interior: las piernas de Juan bailan frenéticamente con la fregona de un lado a otro del bar. Me cuelo por debajo de la verja.
- Hola Juan.

Juan se gira y una sonrisa sustituye rápidamente a la sorpresa bajo una poblada barba ya canosa.
- ¡Hombre, Juan Ramón! Desde que le dije a Juan cuál es mi nombre nunca me llama Jota, le parece una gilipollez. Yo al principio protestaba pero dejé de hacerlo porque desde ese día me invita a café todas las mañanas. Juan es de los pocos que sabe mi nombre y el único que lo usa, y su café es de las pocas cosas que impiden que no me largue del barrio todavía. Desde hace muchos años abre siempre temprano, compra el Marca y se ocupa de los escasos clientes que vienen a desayunar, que suelen ser los dueños de otras tiendas de la zona. Su mujer, Luisa, se encarga de la cocina aunque ella llega un poco más tarde para preparar los platos del mediodía.
Mientras me dirijo a una mesa de puntillas para no manchar, noto como me sigue su mirada.
- ¿Una noche dura? –pregunta con complicidad.
Yo respondo con un gruñido, devuelvo una silla de la mesa al suelo y me dejo caer sobre ella.
- Hueles a tabaco que echas para atrás —insiste.
- Lo que huele a tabaco es tu bar, Juan. –le digo con desgana.
Él lanza una carcajada seca y sigue trabajando. Enchufa la maquina de café y se pone a fregar el resto del suelo. El bar es estrecho y alargado, con la barra y la cocina a la derecha y un dibujo enorme de la patrona de Almuñecar en los azulejos de la pared de la izquierda, sobre las mesas. La voz desganada de un presentador de radio llega desde la cocina. Definitivamente, de madrugada todos los presentadores suenan igual: parecen ralentizar el tiempo con sus voces, convertirlo en una capa espesa por la que es difícil moverse. Juan se mete detrás de la barra y se pone a prepararme un café. La máquina suena exageradamente alta y se mezcla con el sonido de la radio. Se lo digo a Juan pero él se encoge de hombros.
- Bueno, ¿a qué te has dedicado esta noche, chaval?
- Nada, por ahí con el Eric y el Flo. De copas… -no soy capaz de dar más detalles- Acuérdate de ponerme otro sobre de azúcar, por favor.
Pero Juan ya llega con el café y lo deja sobre la mesa. En el plato hay dos bolsitas, las dos con una Virgen de la Antigua dibujada con tinta azul. Sonrío. El café humea, muy negro y espeso. Juan abre la verja con un chirrido.
- De fiesta con los amigos… —dice mientras vuelve a la barra. Y él también sonríe bajo la barba desaliñada.- Eso está bien, eso está muy bien.
Una brisa fresca inunda el bar. Afuera, la leve luz del sol trae los primeros ruidos del día.


sábado 26 de septiembre de 2009

Un buen día. (Cover).

III.

En la pista hay gente, mucha gente. No reconozco sus caras, la noche las difumina. Un gesto de vez en cuando, una sonrisa algo desencajada, una mirada que atraviesa el caos y se clava en mis pupilas dilatadas, los brazos que se mueven como si quisieran espantar a los cuervos que, junto con los ojos, se llevan los sueños. ¿Qué nos hace movernos de esta manera? Es como en ese pasaje de La Historia Interminable, no recuerdo exactamente en qué momento, hacia el final, cuando decenas de personas bailan y se retuercen desesperadamente en mitad de un camino. Pero no es lo mismo. Nosotros tememos el amanecer, y esa es la respuesta: bailamos porque tememos la luz que exprime el sol y que deja las heridas al descubierto. Somos unos cobardes.
Flo no baila, sigue el ritmo con una mano, con la otra sujeta la copa y habla con Judit, que ha aparecido de entre el resto de posesos. Sven no viene, me ha dicho al llegar, como si se disculpara, y luego ha preguntado por Miguel. Miguel está con su novia, ha soltado Flo a quemarropa. No sé qué cara ha puesto Judit porque yo me he encogido de hombros y me he puesto a hablar con Eric. Flo ha sido más práctico: se la ha llevado a la barra y le ha pagado un cubata. Está generoso, el cabrón, y le funciona: ella no se ha separado de él y yo me ahogo, poco a poco, entre los hielos y los azulejos del baño.
Eric me dice no sé qué de una tía. Le miro y veo que a su lado hay una chica con cara de quinceañera y las tetas grandes. Tiene un boli en la mano.

Jota, insiste Eric, fírmale un autógrafo, y me tiende un papel.

Nunca sé qué decir y no digo nada. Cojo el papel, le digo a Eric que se dé la vuelta y sobre su espalda escribo: Nunca dejes que te jodan (sería delito). Firmo preguntándome si entenderá que la mala hostia que escupe la frase no tiene nada que ver con su cara de quinceañera. No, no lo ha entendido. Mientras se pierde, Eric me mira con reproche.

Eres gilipollas, ¿has visto sus tetas? Te la podías haber hecho, lo tenías fácil.

Se tambalea un poco, aunque quizás sea yo el que pierde el equilibrio porque noto cómo el whisky con coca cola resbala por mis dedos. Me encojo de hombros. Pensar en currarme a una tía me provoca una descarga que me paraliza.

Creo que he aborrecido a las mujeres, me oigo decir.

Y de pronto me da vértigo un infinito sin mujeres.

Eric se descojona. Puedo oír sus carcajadas entre el ruido de los sintetizadores.

No digas gilipolleces, ya se te pasará, siempre se pasa.

Luego bebe un trago de su copa.

Jota.

Sintetizadores.

¿Sabes lo que más me jode en realidad de todo esto?

Sintetizadores.

Tus patillas, tío.

¿Mis patillas?

Tus patillas. Echo de menos tus patillas. Tienes que afeitarte, tronco.

Sintetizadores.

Eric se tambalea, sí, y su cara es una máscara histriónica al hablar. Miki funde los sintetizadores con otra canción electrónica. Kraftwerk. Es el único grupo que reconozco desde hace, por lo menos, años.

Eric, ¿sabes lo que necesito? Necesito una raya.

La máscara asiente con un esfuerzo gigantesco.

Vamos.

Es complicado esquivar a la gente que baila de camino al baño. Estoy seguro de que he tirado la copa de alguien pero no vuelvo la vista. Eric va delante de mí y es como un perro que ha olido a la presa, con la mirada fija en la oscuridad del baño, al fondo de la sala. Somos dos sabuesos y la comparación me parece idiota pero exacta. Intento recordar cuántas veces he recorrido el mismo camino esta noche pero no soy capaz. Muchas, seguro. Millones. En realidad no importa.

El baño de tíos está libre. Entramos y yo me coloco tras la puerta para evitar que alguien entre mientras Eric saca la papelina. Luego prepara dos rayas, largas y finas, y me recuerdan a los gusanos que usaban en las campañas contra la droga. Dos gusanos sobre el desgastado mármol del lavabo, blanquísimos, listos para trepar por mi nariz y pasearse eufóricos por cada rincón de mi cerebro, dejando una parte de si mismos mientras se arrastran, hasta al fin desaparecer.

Déjame un billete, anda. Eric habla mientras se restriega un poco de coca por la encía, y hace un ruido, chup, chup, que se pierde en la música que resuena extraña en la pequeña habitación.

Saco un billete de cinco mil pesetas, lo enrollo y se lo paso. La mitad de la cara del rey queda hacia fuera, como si quisiera mirar de hurtadillas lo que hacemos. Siempre me ha gustado usar billetes para esnifar. Me intriga pensar por qué manos pasarán después, quién más los usará para lo mismo que yo. Me imagino los minúsculos restos de coca viajar con el billete, impregnándolo todo y entonces, durante un instante, todos tienen sus manos manchadas: señoras comprando salchichas en la carnicería, musculosos hinchados cuando pagan sus gimnasios, abuelos al darle la paga a sus nietos.

Eric se mete su raya y parece un profesional. Casi sin ruido y sin dejar rastro. Me pasa el canutillo y me cede el sitio. Mi gusano sigue en su sitio, aguardando. Me inclino sobre él y justo en ese momento alguien llama a la puerta.

¡Está ocupado!, grita Eric, y su grito oculta el ruido que hace mi nariz al esnifar.

Recojo con el dedo los pequeños restos que quedan sobre el mármol. Es como si no fuera mi dedo el que acaricia las encías.

Salimos del baño y un niñato nos mira con cara de sorpresa. Está muy borracho. Pasamos de largo. Cruzamos la pista. Caras, muchas caras. Cuerpos que se abren y se pliegan con el riff de Firestarter. Los esquivamos. Eric se gira: Ya no está Flo. Lo busco. Busco también a Judit. Ya no está Flo. Sonrío. Flo es un cabrón. Sonrío pero hay algo muy amargo que desfigura mi mueca y no es la coca: una cama vacía, un cuarto vacío, una vida vacía.

Eric señala hacia la barra. Le sigo. Vuelvo a tirarle la copa a alguien. Me doy la vuelta. La chica parece no haberse dado cuenta y gira, gira, gira. Un remolino.

Llegamos a la barra y echo de menos a Marta y a su tatuaje sobre su piel pálida. Echo de menos una piel cualquiera.

Oigo cómo Eric pide dos whiskys. Pago yo, le digo. Saco el billete de 5.000 pesetas. Partículas, minúsculas partículas blancas que vuelan de mano en mano. El vaso está aún caliente. Noto cómo el hielo lo va enfriando. Enfría mi mano también. Enfría la habitación entera. Los cuerpos quedan suspendidos en la oscuridad y yo puedo moverme entre ellos y mirarlos. No se dan cuenta. Puedo ver sus pecados y sus miedos, puedo ver que huyen, puedo ver cómo se esconden en el humo espeso que lo llena todo. Pero yo me escurro entre las volutas y sus sonrisas fluorescentes no me engañan.
De repente, no quiero estar aquí.

miércoles 9 de septiembre de 2009

Un buen día. (Cover)

II.

Nunca me ha gustado el neón que da nombre al garito. Rosa y verde, trepa el muro por encima de la puerta como una hiedra fosforescente que se apaga y se enciende sin descanso. Es el cartel que yo pondría a mi puticlub para asegurarme de que los camioneros lo ven desde sus cabinas.
Solitarias cabinas en penumbra.
Pero el Roy no es un club de carretera, es un bar y se salva por la música que pincha Miki y porque Clara no va a venir esta noche. Aún así, al atravesar la puerta no puedo evitar buscarla con la mirada. Por un instante la veo bailar, como siempre sola, en el centro de la pista, el cuerpo hipnotizado, el pelo ondulado que le cae con un tembloroso roce sobre los ojos cerrados, y el cigarro, el cigarro que prende la vacía oscuridad del Roy y deja estelas encendidas. Pero no, no está, y hay algo que se mezcla en mí: el sabor amargo de la nostalgia y el alivio de saber que no voy a verla.
Vamos hacia la barra. En un extremo, dos o tres personas beben con sus cubatas y los codos apoyados en el mueble, y mueven las cabezas al ritmo de una canción de Pearl Jam. No sé cuál es. Al fondo de la sala, parapetado tras una mampara de cristal, Miki es una sombra que se mueve frenética a los mandos de una pequeña mesa de mezclas. De repente, se detiene y asoma su cara. Nos ha visto y saluda con una mano que emerge como una marioneta.

- ¿Qué quieres, Jota? – me pregunta Flo.

Me lo pienso dos segundos. Ya vale de cerveza por esta noche.

- Un whisky con coca-cola.
- Otro – apoya Eric.

Floren pide para los tres. El camarero es nuevo o al menos nunca lo había visto antes. Casi siempre está Marta, una chica silenciosa con una estrella tatuada en el codo, una estrella muy parecida a la que tiene Clara en la espalda, entre los dos omoplatos, un camino cerrado de tinta sobre la piel en el que tantas veces me he perdido. Pero, a diferencia de Clara, Marta tiene la piel muy blanca, teñida de noches tras la barra. Alguna noche, siempre algo pasado, le he dicho que parece una vampiresa, y ella ríe con una risa breve. Las últimas veces que he venido al Roy Marta ha dejado caer un par de sonrisas no tan breves y algún chupito de más pero entonces siempre aparece la estrella en su codo y a mi se me derrumban las ganas.
El camarero nuevo trae las copas. Le tiendo un billete a Floren pero este niega con la cabeza, me hace un guiño y paga él.

- Tú guárdate el dinero para luego, que esta noche va a ser larga y me parece que hay mucho que ahogar. – y sonríe.

Puto Floren. Es un cabrón, un cabronazo, pero por detalles tontos como éste se me olvida. Acepto y le doy las gracias. Suena X.Y.U. y el whisky sabe demasiado a coca-cola, y de pronto tengo ganas de irme a casa y enterrarme en las sábanas, aunque sé que será inútil, que será peor, que no podré dormir y el silencio y el vacío de mi habitación amplificarán el dolor. Por eso me quedo donde estoy, clavado frente a la barra, frente a Flo y Eric. Y de repente me veo como un maniquí que contempla su vida a través del cristal, y mis amigos me saludan desde el otro lado y luego siguen su camino por la acera, se pierden entre los transeúntes sin rostro. Sven saluda sonriente al pasar, borracho, y grita “¡que se jodan los rubios!” También está Marta, da un beso al cristal y desaparece. Sólo queda la marca de sus labios que se desvanece poco a poco. Y yo quiero salir, romper el cristal de un puñetazo y ser uno más y caminar, pero algo me ancla con fuerza al escaparate. Es el pasado, que se repite una y otra vez, como las fotos en esos prismáticos absurdos que se compran los turistas.
Clara.
Clara y su piel de aceituna, y ese tatuaje en el que nunca pasan las horas.
Clara y su manera de coger el cigarro, como un macarra con chupa de cuero.
Clara desnuda entre las sábanas, que se estira como un gato pero luego te mira con cara de cachorrillo para pedirte que le hagas café. Muy fuerte, susurra sabiendo que yo ya lo sé, que me he aprendido esa lección hace tiempo.
Clara y sus teorías absurdas sobre todo, y su voz de humo al contármelas, y sus ojos que huyen del sol tras las gafas de sol enormes.
Clara bailando en el Roy o en cualquier bar, porque ella baila de la misma manera en todos.
Pero hoy no está, aunque la imagine dibujando con su cigarro caminos de fuego en la oscuridad del Roy. Porque me doy cuenta de que aunque no quiera, necesito verla. Que es demasiado raro estar aquí sin ella, demasiado; porque que no esté aquí debe de ir contra alguna ley cósmica que han derogado y yo debo ser el único imbécil que no se ha enterado y todavía espero tenerla a mi lado, verla bailar hasta que se canse y me diga entre caladas que hoy duerme en mi casa.
Bebo un trago de mi copa que no sirve para llenar el hueco en mi pecho.
Hago un esfuerzo por escuchar la conversación entre Eric y Floren.

- Lo sé…
- ¿Lo sabías?
- Claro, me enteré hace un par de semanas pero no me lo ha dicho él…
- ¿Y lo de Judit a qué coño venía?
- Que se joda, nunca cuenta nada…
- ¿De quién habláis? – interrumpo.
- De Migue, que tiene novia. ¿Tú lo sabías?

Migue tiene novia. Vuelvo a sentirme un extranjero perdido sin mapa en mi propia vida. A pesar de la penumbra, la expresión de mi cara ha debido de ser lo suficientemente elocuente porque Eric niega con la cabeza y me mira como si acabara de llegar de algún sitio muy lejano, y Flo no puede evitarlo:

- No, claro que no lo sabe, éste qué va a saber, si lleva tres semanas sin salir de su cuarto…

Flo es un cabrón.

- ¿Desde cuándo tiene novia? – pregunto, intentando ignorar el vacío que se hincha y oprime el esternón.
- Desde hace casi un mes – explica Eric.
- ¿Y quién es? – Migue tiene novia. ¡Plop! Algo en mi pecho estalla como un globo de cumpleaños.
- No lo sé, una del curro, creo. Pero no me dio muchos detalles…
- Claro… Por eso pasa de Judit… ¿Y por qué coño no dice nada?

Eric se encoge de hombros y da un sorbo a su copa. Apenas quedan los hielos y un fondillo de whisky descolorido.

- Ya sabes cómo es

Deja la copa sobre el mostrador.

- Flo, ve pidiéndome otra, anda. Ahora te la pago…

Luego me mira y hace un gesto hacia el baño con la cabeza. Yo acepto en silencio casi con alivio.

- Pídeme a mí otro también.

Flo asiente con la cabeza y por un instante se queda mirando cómo nos alejamos, y yo noto que junto a él, en la barra, se quedan Clara, Marta y Miguel. Lejos del baño y sus espejos.