jueves, 29 de abril de 2010

Miedo a volar

Martin es el ángel de la Muerte.
Con su uniforme azul,
su sonrisa de anuncio
y sus mejillas sonrosadas, nadie lo diría.
Pero es el ángel de la Muerte.
Yo lo sé.
Te indica amablemente tu asiento
y casi puede adivinarse a su espalda
la siniestra guadaña.
Sonríe como un niño feliz.
Pero no me engaña
cuando ofrece una revista, algo de comer
cuando, micro en mano
y perfecto acento british,
desea a los confiados pasajeros un feliz vuelo.
Un ligero temblor de impaciencia
esa confianza antinatural, lo delatan.
Charlotea con sus colegas también vestidos de azul.
Planean, seguro, cómo será el golpe,
quién la primera víctima.
Soy el único que se da cuenta: en sus asientos
el resto de viajeros duerme, lee o incluso mea
en estrechas cabinas que penden a kilómetros del suelo.
Estoy a punto de levantarme,
delatar al impostor,
detener esta farsa, pero entonces
una luz se enciende.
Cinturones. Luces apagadas. Silencio.

Y entonces, cruje el tren de aterrizaje. Se abren y
cierran taquillas. Voces excitadas.
Cuando salgo, Martin se despide.
Ya no sonríe

y en sus ojos noto el brillo de la decepción.

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